VUELING

Cuando eres un niño todo tu mundo es estático. Todo lo que te envuelve goza de una sorprendente estabilidad que te da confianza y valor. Incluso cuando estás en el instituto el entorno sigue sin ser dinámico. Tu casa está cerca. Al igual que tus amigos, tu familia o tu primer amor. Puedes llegar a todos tus lugares habituales andando. Tienes tu banco, tu playa y el árbol en el que solías jugar al escondite. Es como si el universo creara un lugar seguro y cálido para ti. Una cárcel que acabas llamando hogar.

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Pero hay un momento en la vida en el que empiezas a ver cómo los límites de tu espacio comienzan a difuminarse. Dejas de ser un pez pequeño en un pequeño estanque para ser un pez diminuto en un océano descomunal. El mundo empieza a girar más rápidamente. Las personas corren y tienen prisa por correr más. Y, de pronto, te das cuenta que nada te impide cruzar los límites. De la misma manera que tampoco se encuentran obstáculos tus amigos, tus conocidos o tu novia. Entonces su ciudad se les quede enana. Incluso la provincia se estrecha. A veces, incluso el país parece volverse diminuto. Y como el tiempo vuela, vuelan las personas. Y se van. Se marchan. El futuro se vuelve si cabe más incierto, ya no el futuro lejano, sino el inmediato. En un mes nadie sabe dónde estará nadie.

Y todos te dicen que agarres tú también un avión. Que tú también debes volar, explorar el mundo, derruir las murallas de tu hogar. Pero nadie te dice que te vayas con ellos. Cada uno tiene su propio destino en la vida. Unos más cerca y otros más lejos. Pero cada uno el suyo. Cada uno su personal batalla por la independencia, la supervivencia, la aventura.

Pero aquí estoy yo. En el aeropuerto de la que ha sido mi casa toda mi vida. La cual casi me parece larga. Veo millones de vuelos a millones de lugares. Veo a gente corriendo de un lado para otro, agarrando maletas, bolsas, mochilas. Veo que el universo gira y huye mientras yo estoy quieto, detenido en una fracción inexistente del tiempo, contando los minutos para que salga mi avión, el cual ni siquiera sé si quiero coger, el cual ni siquiera sé a dónde va.

Y comienzan las despedidas. Y el aeropuerto se va quedando vacío. Miro atrás y ahí está mi pequeño estanque con aquél banco, con aquella playa, con aquel árbol en el que solía jugar al escondite. Ahí están mis padres, orgullosos de mí porque estoy a punto de coger un avión. Pero tengo miedo. Aunque me haga grande delante del resto. Tengo miedo. Me asusta coger el avión equivocado. Me asusta que junto a mí no esté sentada ella. Quizás los hilos del destino se líen. Tal vez no esté preparado para irme todavía.

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No sé cuánto tardaré en encontrar el avión que me lleve a mi destino. De momento todo el mundo que quiero explorar está aquí. Los lugares que quiero visitar son cada uno de sus lunares. La única lengua que quiero aprender es la suya. Me da igual que la gente vuele antes que yo. Sé que algún día me tocará a mí. Algún día aparecerá un destino en mi billete. Y entonces cerraré los ojos, apretaré el puño muy muy fuerte. Contendré las lágrimas, respiraré hondo y daré mi primer paso fuera del que ha sido mi hogar. Daré mi primer paso hacia lo desconocido, hacia lo incierto, hacia el infinito.

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