LECCIONES DE ARQUITECTURA

Desde que nacemos, todos somos arquitectos. Aunque al principio seamos demasiado jóvenes para construir nada. De hecho, son nuestros padres los que ponen los primeros cimientos, los primeros pilares y los primeros ladrillos de nuestra casa. Algunos tienen suerte y sus padres dibujan una mansión en los primeros planos, o un castillo, o un rascacielos. Otros, sus padres no tienen para dibujar más que una pequeña casa, con poco más de un dormitorio, un baño y tal vez un balcón que dé a una calle repleta de gente.

Pero así comienza todo.

A medida que crecemos tenemos la libertad sobre una habitación. Para que colguemos nuestras primeras fotografías, nuestras primeras ideas, juguetes y recuerdos. Y, como un virus, nos vamos adueñando pared a pared, habitación a habitación. Hacemos nuestras primeras remodelaciones. Una capa de pintura en el salón, un póster en la habitación, un espejo en el baño. Al final estamos tan acostumbrados al día a día que creemos conocer todos los rincones. Así que decidimos hacer algunas pequeñas reformas. Tal vez podemos construir un sótano para almacenar recuerdos o un segundo piso donde puedan quedarse a dormir nuestros amigos cuando vienen de visita. Quizás podríamos derribar un tabique y hacer el salón más grande. O a lo mejor optamos por levantar un desván o una buhardilla arriba del todo, donde podamos subir a despejarnos o a ver la ciudad desde un punto algo más alto.

desvan (1)

El caso es que al alcanzar la mayoría de edad, a veces antes y a veces más tarde, nuestros padres nos regalan la escritura de nuestra casa. Para que hagamos con ella lo que queramos, para que la vendamos por amor, por dinero o por un sueño. Para que nuestra imaginación la decore, para que nuestra ilusión la ilumine cada mañana.

Yo creo que lo primero que hice cuando me regalaron mi casa fue montar fiestas. Invitaba a mis amigos, a mis amigas. Brindábamos con whisky y veces les enseñaba las ideas con las que decoraba algunas habitaciones. A veces dejaba que alguien bajara al desván para cotillear sobre mi pasado. Alguna vez he dado la llave a alguien y me la he encontrado al día siguiente en mi buzón, o debajo del felpudo.

En cualquier caso, no he parado de cambiar cosas, como imagino que hacemos todos. He levantado un tercer piso, he colocado electrodomésticos más modernos en la cocina y he ampliado algunas ventanas. Porque a veces notaba que me faltaba algo de luz en algunas habitaciones. La verdad es que no suelo combinar siempre bien los colores. A veces pinto una habitación de un color llamativo e insoportable que resalta con el color tímido de los armarios.

yo soy la luz 1

Hay días que me paso horas mirando los planos. Pensando qué puedo cambiar. Cómo puedo mejorar la casa por si algún día me visita una empresa. Porque, aunque intento tener un estilo moderno y amplio, aunque las habitaciones son acogedoras y la leña de la chimenea calienta en invierno, me asomo por la ventana y me abruma ver los rascacielos construidos a mí alrededor. Miro los edificios más cercanos y me quedo asombrado de la velocidad a la que se levantan muros de cemento, de cristal o de ladrillo. A veces siento nostalgia y me paseo por el sótano recordando cuando las casas solamente tenían cuatro paredes, un tejado y poco más de dos habitaciones. Mi hogar ahora parece un laberinto. Un tabique aquí, unas escaleras allá, todo siguiendo un orden ciertamente dudoso.

Este año especialmente está siendo complicado. En plena burbuja inmobiliaria a todo el mundo le da por construir. Yo también lo intento, pero el ritmo de la ciudad es francamente ensordecedor. Aunque lo cierto es que estoy bastante satisfecho con el caos que es mi casa. Aunque esté bastante desordenada creo que hice bien en colocar tantos cristales. No importa que la gente pueda ver muchas de mis habitaciones con tal de que entre mucha luz. Aunque a veces me la tapen los rascacielos.

No hay que ser un genio en arquitectura para saber que no se puede levantar un edificio de treinta plantas a partir de la base de una casa inicialmente pensada para tener dos, tres o cuatro pisos como mucho. A veces es mejor meter las cosas en cajas, sacar lo que se pueda y derribarlo todo. Para empezar desde el principio con una estructura mucho más sólida que la que tenías al comenzar. Con una base muy grande que permita construir un edificio gigantesco, que atraiga la atención de empresas y hombres de negocios. Con unos planos ambiciosos, inmensos y repletos de esperanza y grandeza. Desde luego, eso implicaría autodeterminación y valentía.

Pero no sería fácil. Sin duda. Porque nos cuesta pisar sobre lo desconocido. No nos gusta dormir en hoteles, nos gusta hacerlo en nuestro hogar, donde nos sentimos seguros y protegidos, donde nos conocemos cada milímetro de cada rincón de cada habitación, o eso queremos pensar. Mejor quedarse con una casa aceptable que arriesgarnos a construir un rascacielos que se nos quede a medias o que, peor aún, se derrumbe dañando los demás edificios.

No sé, me gustaría tener algo que decir a eso pero no tengo más tiempo para estar removiendo ideas en el desván. Creo que, efectivamente, ampliaré el terreno. Pero no para construir un rascacielos enorme. Quizás construya un jardín. Con una barbacoa donde invitar a comer a mis amigos. Con una piscina donde refrescarme cuando no aguante más dentro de mí mismo. Creo que será algo diferente a lo que veo por aquí. Eso sí, pienso eliminar antes que nada el buzón y mandar el felpudo muy muy lejos.

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