VEINTIOCHO PUNTOS ABAJO

Puedo escribir lo versos más tristes esta noche…

Pero no quiero.

Estoy cansado de hincar la rodilla cuando quedan pocos segundos para que acabe el partido y pierdo de veintiocho puntos. Quiero seguir jugando. Aunque sé que es imposible anotar en tan poco tiempo, aunque sé que es imposible ganar el partido y el torneo lo perdí hace meses.

 Pero quiero ver volar una vez más el balón. Quiero jugar, no para ganar, sino para divertirme. Quiero mirar a mis amigos en las bandas, cansados, pero apoyándome, y decirles que voy a sacar el balón una vez más. Quiero ver a mis padres frente a la línea de scrimmage esbozando una sonrisa, orgullosos de mí aunque me vean cubierto de barro hasta los dientes, levantándome y jugando un último ataque cuando la gente ya se está marchando y el campo se está quedando vacío.

No-es-pelo-es-escarcha

Pero mi alma aún está llena. Aunque tenga que apretar los puños y contener las lágrimas en mis ojos ahora cristalizados. Aunque tenga que vendarme las heridas con el libro de jugadas, con el libro que tenía que ser el soporte de mi futuro, dibujando las líneas paralelas de los receptores y el pase de 36 yardas y media que se desvió al final y supuso la última intercepción del partido, el último retorno, la última anotación del rival y la exhalación de mi último aliento, justo cuando quedaban unos pocos segundos para acabar el partido y preparar el próximo encuentro.

Es cierto que las cosas no han salido como esperaba. Pero voy a seguir entrenando día y noche. No quiero rendirme y voy a jugar hasta el final. No voy a hincar la rodilla ante la tristeza de todo mi equipo. Porque no hubiera llegado hasta aquí sin vosotros. Sin cada una de las personas que ha jugado a mi lado. No hubiera llegado tan lejos ni hubiera sido tan feliz. Jamás hubiera podido haber hecho una temporada tan buena sin vosotros. Así que, joder, lo menos que puedo hacer es alzar la mirada al cielo y jugar como si el tiempo del cronómetro no avanzara. Jugar como siempre lo he hecho, dando lo mejor de mí, con esfuerzo y con ilusión. Con toda la ilusión que sea capaz de recoger de los pedazos de mí mismo.

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Y aunque para muchos no sea más que un iluso, para mí siempre seré un soñador. Aunque a veces intente construir mundos demasiado grandes, aunque a veces intente hacer pases imposibles, aunque a veces intente gritar cuando mi voz suena desquebrajada, rota y sin esperanza.

Pienso que hay momentos en que la vida nos golpea duro justo debajo del estómago. A veces un golpe seco nos hace perder la perspectiva de dónde estamos, nos deja sin respiración, mareados y desorientados sobre la hierba bañada por la lluvia.  Y es en estos momentos cuando debemos sacar toda nuestra fuerza. Cuando debemos contenernos las ganas de vomitar y levantarnos poco a poco buscando el balón, caminar hacia él, cojeando y levantarlo suavemente del suelo. Mirar a nuestros rivales esbozando la más difícil de nuestras sonrisas y sacar la lengua para sentir las gotas de lluvia resbalando por nuestros labios.

Y en ese instante, en ese preciso momento del tiempo, sentiremos que estamos más jodidamente vivos que nunca. Que podemos llegar lo lejos que nos permita la imaginación, que podemos amar hasta el día en que nuestro corazón deje de latir, que podemos respirar lo profundo que nos permitan nuestros pulmones.  Sentiremos que aunque quedan segundos para perder el partido y el torneo, queda una vida entera para hacer volar el balón tan alto como queramos.

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