LECCIONES SOBRE FÍSICA

La gravedad toma un valor de 9.8 m/s^2. Y ese es su valor. Si cuando se creó el universo esta constante hubiese tomado un valor de 9.9, nada existiría. Todo se hubiese reducido a una singularidad infinitesimalmente pequeña. Apenas seríamos más que un punto diminuto dentro de un punto sin dimensiones. Si la gravedad hubiese tomado el valor de 9.7, cada partícula del universo se encontraría tan alejada de la siguiente que en la expansión no se hubiese creado ni un planeta del tamaño de una piedra. Todo estaría inalcanzablemente disperso.

Sin embargo, la gravedad quiso tomar exactamente el valor de 9.8 m/s^2. Permitiendo que con una probabilidad mínima apareciese un planeta como el nuestro, donde la evolución avanzara de tal manera que yo pudiese comenzar con esta introducción. Quizás existen infinitos universos con distintas constantes gravitacionales subdesarrollados. O quizás el tiempo es tan sumamente eterno que se han ido expandiendo y replegando universos hasta llegar a donde estamos. Es difícil afirmar si estamos ante una casualidad increíble o ante un evento probabilístico que tenía que acabar pasando.

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Me gusta comenzar con esta reflexión porque creo que algo hemos heredado en nuestra vida. A veces me pregunto si una palabra puede cambiar absolutamente todo o si todo debe inevitablemente acabar sucediendo independientemente de cómo o cuándo digamos esa palabra.

A veces abres la puerta del coche y dejas que ella se vaya sin atreverte a besarla aunque llevases queriendo hacerlo cada instante de cada minuto que habéis pasado juntos. A veces no tenemos el valor suficiente para apagar el motor, bajarnos del coche, ir hacia ella y rozar sus labios ante los gritos desgarradores de nuestra razón. A veces, simplemente no hacemos nada.  No tenemos valor de escribir un número a ver si acertamos a crear un universo. Pero nos preguntaremos toda la vida qué hubiera pasado de bajarnos del coche. Qué hubiera pasado de hacer caso a nuestro corazón. Qué hubiera pasado si nos hubiéramos dejado llevar por el campo magnético que nos atrapa irremediablemente en los labios de la otra persona.

Quizás sea mejor arrepentirnos de tomar una mala decisión que arrepentirnos de no tomar ninguna. A veces es mejor dejar hablar a nuestra cabeza y dejar actuar a nuestro corazón.

Tal vez bajarnos o no del coche o aprovechar su última palabra sea algo que puede cambiarnos completamente la vida. Quizás está bajándose del coche la persona con la que compartirás cada anochecer, tal vez está bajándose del coche la chica a la que iluminarán cada mañana los primeros rayos de sol que entran por tu ventana, dejando un brillante color anaranjado en el resplandor incandescente de su melena. Quizás está bajándose de tu coche la chica que emborrachará cada uno de los días de tu vida, la mujer con la que viajarás lo lejos que te permitan cada uno de sus lunares.

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Sin embargo, afortunadamente, hay quienes piensan que se han creado una multitud de universos hasta llegar al nuestro. Tal vez, si esa chica es tu constante gravitacional tendrás infinitas oportunidades para encontrarla. Podréis desperdiciar un millón de ocasiones y seguiréis chocando una y otra vez. En un bar, en una fiesta o en una playa de una isla desierta del océano pacífico. Un día os daréis cuenta de que habéis recorrido miles de kilómetros para volver a encontraros en el principio del camino. Que podrían pasar infinitas vidas y ese magnetismo seguiría allí, de una forma tan intensa que acabará encadenando a los principios más fundamentales de nuestra racionalidad.

Como en el Atlas de las Nubes.

Muchas veces la conexión es tan fuerte que hace que las oportunidades perdidas no pesen. Algunas veces la vida es lo suficientemente larga como para perder nuestro destino una y otra vez y volver a encontrarlo el día más inesperado. Con los mismos ojos, los mismos labios, las mismas palabras y la misma capacidad para helar nuestra respiración.

Entonces, no debería importarnos verla bajarse del coche y alejarse bajo la tenue luz de las farolas en las noches de verano, con su forma insegura de caminar, con su sonrisa ingenua, delicada y agachando su mirada dulce, pícara y soñadora.

Azotea

Esa sería la principal prueba de que el universo se expande y se repliega constantemente en un espacio temporal que no somos capaces de abarcar. Y que estamos justamente en la vez en que todo ha funcionado y ha salido el número mágico.

En cualquier caso, aunque la vida pueda darme muchísimas oportunidades, yo soy de los que se bajaría del coche y la besaría con toda la seguridad que me permitiese mi inseguridad, mirándonos a los ojos e intentando arrancar un pedazo de realidad que llevarnos siempre con nosotros. Creo que ese instante me resultaría tan sumamente descomunal, que empequeñecería hasta la mismísima inmensidad del universo.

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