INCOHERENCIAS

Echo de menos el verano. ¿Por qué siempre echamos de menos cosas?

Lo peor es echar de menos a otras personas. Luego te chocas con ellas y el encuentro te resulta tediosamente incómodo. Somos así de incoherentes. Nos enamoramos demasiado de una persona como para casarnos con ella algún día. Es infinitamente más práctico acabar con la persona que te da estabilidad en lugar de inestabilidad, tranquilidad en lugar de discusiones que acaban en la novena sinfonía de Beethoven. Pero todos queremos lo segundo. Echamos de menos tener pareja cuando hemos aprendido a estar solos. Yo echo de menos discutir. Echo de menos pasarme noches dando vueltas en la cama comiendo techo. Somos así de incoherentes. Echo de menos incluso aporrear el teclado del ordenador intentando decir cosas que nunca conseguía expresar con palabras. ¡Dios! Eso me resultaba deliciosamente insoportable. Me frustraba y me iba a emborracharme maldiciendo a todos los profesores de castellano del instituto. ¿Por qué expresamos nuestros sentimientos de una manera tan trillada y vulgar? ¿Por qué nadie nos ha enseñado bien? Si alguien me dice “te quiero”, apenas siento una ligera sensación de calidez en la boca del estómago. Ahora lo dice todo el mundo sin ningún tipo de filtro. Te lo dice el móvil, los comentarios en las fotos de Instagram y Jorge Javier Vázquez en Sálvame.

¿Y si yo quisiera transmitirle a una chica que la quiero o la echo de menos?

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Imagino que entonces tendría que aporrear el teclado del ordenador intentando decir cosas que nunca conseguiría expresar con palabras. Me frustraría, me iría a emborracharme y le escribiría un mensaje a las cinco y cuarto de la mañana que diría algo así:

“Uque yp te echo unmnton de men s y que te qui eroo d verrdda! Xdd :D”

Y entonces las cosas me irían de maravilla porque nadie se espera un mensaje diferente. Porque nadie nos enseñó a decirle que todo lo bueno comienza con un poco de miedo. Que nos perdimos el final de la película y no conseguimos escuchar la última frase que aclaraba toda la historia. Que nos perdimos en los barriles de whisky escondidos en las bodegas de aquel barco construido dentro de una botella. Que nos perdimos en amaneceres de color púrpura, en noches de color naranja y en sus malditos ojos de color castaño. ¿Por qué siempre son los ojos? Nos perdimos en palabras que no significaban nada y en sentimientos que jamás podríamos explicar con palabras. Nadie nos dijo que podíamos perdernos en sus piernas cuando se levantara del sofá, en partidas de cartas que ahogaban las excusas para no beber un último trago que nos diera el valor de mantener la boca cerrada. Que sí, que me perdí los 28 días siguientes de haberte conocido y seguí perdido 28 semanas después. Como si estuviera en una película de zombies. Me perdí de hambre en cada uno de tus juegos y me perderé tu próximo gran amor, y el siguiente, y el siguiente. Y el siguiente también. Aunque te juro que estaré allí cuando decidas perderte en tu próxima estupidez. Porque las estupideces son lo que te hace única y lo que siempre tendremos en común.

Eso, y las incoherencias.

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Porque, a pesar de todo lo que querría decirte, jamás te escribiría una jodida palabra. Porque me parece inexplicablemente más divertido aporrear las teclas del ordenador, frustrarme, emborracharme una preciosa tarde de septiembre, salir a buscarte y decirte con cara de ingenuo, infeliz e imbécil: “Te quiero”. Porque no hay nada más increíble que decir las dos palabras más oportunistas y trilladas del mundo para que un ligero e irreconocible brillo en tus ojos diga todo lo demás. Todo aquello que jamás podremos expresar de otra manera y nos frustra cuando intentamos escribirlo en papel.

Somos jodidamente incoherentes. Nos encanta, lo adoramos, no podemos evitarlo. Está dentro de nuestra naturaleza. Acabaremos aceptando a la persona encantadora, tolerante, inteligente y fiel. Y rechazaremos a la persona que nos parezca más insoportable, caprichosa y desleal. La persona que no nos conviene en absoluto. La que es inestable, alocada y pervertida. La persona de la que, en definitiva, podríamos llegar a enamorarnos de verdad y jamás compartir toda una vida con ella.

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