VUELING 2.0

Me he dejado la cabeza en alguna parte. He perdido el juicio cuando se suponía que tenía un buen abogado. Pero se ha largado con mi dinero y ahora debe estar en alguna isla desierta disfrutando de las vacaciones que tanto necesito. Lo peor es que llevo varios días rebuscando entre los cajones y debe haberse llevado también mi inspiración, porque tampoco la encuentro. No aparece ni cuando tiene hambre, ni cuando la llamo a gritos, ni cuando hay tormenta y la lluvia golpea con violencia la carrocería de los coches en la calle.

Aunque lo cierto es que nunca fui demasiado brillante con las palabras. Y menos aún con las decisiones. Nunca doy en la diana a la que apunto. Debería apuntarme a un curso para aprender a poner punto y final a algunos errores. Me he equivocado tantas veces en los tres últimos años que ahora leo el primer texto del blog y sonrío avergonzado. Por eso quiero volver a escribirlo, volver al momento en el que estaba en el aeropuerto de la que había sido mi casa toda la vida. Quiero volver a ese instante en el que todo el mundo estaba cogiendo un avión mientras yo permanecía quieto, sujetando el poco equipaje que llevaba. Recuerdo estar mirando un billete en el que no aparecía ningún destino. Recuerdo la incertidumbre, la indecisión, la falta de seguridad en mí mismo para entrar en alguna de las dieciocho puertas de embarque que tiene el maldito aeropuerto de Alicante. Recuerdo el miedo a que en el asiento de al lado no estuviera sentada ella. El miedo a volar solo, a viajar sin mochila.

Poema-viajar

Pues resulta que, al final, no todo el mundo tenía que coger un avión. Resultó que el alboroto del aeropuerto lo provocaban curiosos que paseaban por la nueva terminal. Resultó que las únicas despedidas fueron las mías. Que las palabras de adiós las escribía tan solo yo. Resultó que no hubo lágrimas, que tanto buscar un destino en mi billete acabé encontrando el que alguien tiró por allí. Al final, mi avión del veintiuno de Septiembre iba casi vacío. Todo lo que conocía se quedaba en tierra y yo mirando al cielo todo el tiempo. Quién diría que yo sería el valiente, que dejaría un sueño para intentar darle la vuelta a una pesadilla. Lástima que la tortilla siempre caiga por el lado de la mantequilla. ¿O era la tostada?

A veces pienso que ojalá hubiera perdido el vuelo 05193 con destino Madrid Puerta de Atocha. Recuerdo que casi me temblaban las piernas y me chasqueaban los dientes mientras escuchaba el rugido del motor en la pista de aterrizaje. Crucé los dedos para que se desplegaran los Flaps y no me la pegara. Cuando el avión dejó de apoyarse en el suelo y completó el despegue, tragué saliva y me pregunté por qué los jodidos controladores aéreos no habían hecho huelga aquel día.

Pero mira. Aquí estoy. No sé si el aterrizaje fue forzoso o es que aún sufro el efecto del Jet Lag, pero algunas noches aún me siento algo aturdido cuando pienso en lo fácil que era todo antes. En mis mañanas de sol en la terraza, en las conversaciones en la playa de madrugada, en las grúas del muelle que parecen jirafas cuando se ven desde la montaña. Aún pienso en la rotonda en la que nos emborrachábamos a carcajadas mientras la vida continuaba girando a nuestro alrededor.

1263225387119_f

Compré dos billetes, pero nadie me acompañó en el asiento de la derecha. Ahora lo pienso y podría haber invitado a venir a la mejor versión de mí mismo. A esa que siempre tiene las de ganar, la que da pie con bola, la que era afortunada en el juego y afortunada en… bueno… en lo que fuera. Tiene que existir alguna versión de mí mismo que pierda la brújula y sea capaz de encontrar el norte. Normalmente me pasa más bien lo contrario.

¿Y ahora qué? Jamás pensé que el chico al que le gustaba controlarlo todo tendría que aprender a improvisar. No sé a quién se le ocurrió, pero poner mi mundo patas arriba me ha enseñado a caer y levantarme aunque la gravedad esté en mi contra. Ahora resulta que me despierto antes de que suene el despertador y me duermo sin Dormidina. Al final, mira tú por donde, he aprendido a viajar solo. Al final di aquél paso hacia lo desconocido, hacia lo incierto, hacia lo infinito. He acabado por aprender lecciones sobre arquitectura y sobre física. He estado veintiocho puntos abajo y me he dejado llevar. He remontado. He aprendido a ser incoherente, he disfrutado equivocándome. Me he perdido y me he topado con los límites que alguna vez puso la señora Prudencia no se sabe dónde ni por qué motivo.

Al final, he ignorado todas mis opciones y mis futuros, te he mirado a los ojos y he tenido el valor de decirte:

Vayámanos.

Y es que, después de todo, la distancia también puede untarse en pan. Le he echado un poco de mermelada de arándonos por encima y nos la vamos a comer sentados en un tronco en medio de ninguna parte, que es justo donde quiero estar ahora.

13fd64a36f26f463953c79178f34c049

Buscaré mi cabeza por el campo de girasoles más cercano.

Y, si por casualidad, encontrase mi inspiración, te la mandaré en una carta.

Creo que recuerdo tu dirección. Aunque haga tiempo que olvidé la mía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: