EL LADO BUENO DE LAS COSAS

Que tu despertador suene hoy unos minutos antes. Quédate en la cama y piensa que lo único que separa este día de uno completamente diferente no es ella, ni él, ni siquiera el calendario. Eres tú. Bueno… tu estupidez, tu nivel de locura en sangre, tus ganas de improvisar y de salir del camino bien asfaltado que te marca la rutina.

Si quieres cambiar las cosas empieza por dejar de quejarte. Vale que el mundo está algo jodido ahí fuera. Y que el hombre del tiempo pronostica para mañana una tormenta de las que dan ganas de quedarse en casa. Pero hoy estás vivo. ¿Puedes respirar verdad? Eres capaz de sentir que todo se mueve a tu alrededor. Ahora sólo nos falta aprender a vivir un poco.

Empieza por tener claro que es difícil tener claro lo que uno quiere. Y lo que uno quiere no se consigue permaneciendo quieto con la mirada puesta en el suelo. No esperes a que tu realidad cambie si puedes cambiarla tú. No tienes todo el tiempo del mundo. Y ya que vas a equivocarte mil veces, comienza lo antes posible, no te dejes ningún error por el camino, eso sí que sería difícil de arreglar. Empezarás a acertar antes de que te des cuenta. La mejor forma de encontrar una dirección es probar primero todas las que no son. Así que desconecta el GPS y deja de contar los días. Empieza a disfrutarlos con quien de verdad importa. Tu mejor compañero de viaje eres tú mismo. No seas tan duro con él, hazte a la idea de que tienes que ceder un poco porque tenéis que llevaros bien.

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Y el resto de personas que te saquen más carcajadas y menos preocupaciones. Deja de cargar con los problemas de todo el mundo. Bastante tienes con tener que cargar tu maldito móvil cinco veces al día. Y eso es otra. Deja de mirarlo constantemente. Deja de conformarte con un “escribiendo…” que evoluciona a un “en línea” y muere como un “últ. vez hoy a las 5:28”. Si quieres a alguien tanto que incluso duele, ve a buscarle. Saca un billete y plántate en la estación, apartando a las personas vacías que no comprenden las ideas con sentido no común que hay en tu cabeza. Paséate de punta a punta del tren las veces que haga falta para que tu sangre deje de parecerse a la horchata que tomabas con tu abuela de pequeño. Y cuando llegues a tu destino, corre. Porque ya te he dicho que no tienes todo el tiempo del mundo. Aunque tu reloj parezca ir muy despacio. Corre hasta que te cueste respirar, no te detengas hasta llegar a su maldita puerta. Y, cuando la abra, contén tus pulsaciones, tus nervios, tu inseguridad, vuestras dudas, los miedos. Bésala, gilipollas. Sin dar ninguna explicación. Los golpes de realidad debajo de las costillas tampoco vienen con su explicación al dorso. De hecho, es posible que recibas uno de los que duelen. Cuando ella te diga que las cosas son demasiado complicadas en este momento, dile que no tienes tiempo de que lo sean. Y que te cierre la puerta en las narices. Que te deje con esa sonrisilla de subnormal que se nos queda a todos cuando perdemos de paliza. Esa parálisis momentánea que nos tienta a echarnos a reír porque, aunque nos sintamos ridículos, al menos hemos intentado algo diferente. Al menos hemos conseguido sorprender a esa persona responsable y rutinaria que hay dentro de nosotros. Al menos no hemos muerto con un “últ. vez hoy a las 5:28”. Y eso, joder, se llama aprender a vivir.

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La vida no va a ser como las películas de Hollywood. El lado bueno de las cosas en realidad no acaba después de los créditos mientras suena Ho Hey de The Lumineers. Después de los 500 días de verano, la vida sigue con otros 500 más. Los finales son sólo el momento en el que nos cansamos de seguir contando la historia. Y las historias, a veces, son tan largas que incluso nos olvidamos de por qué las empezamos.

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No te agobies si te ves atrapado en sentimientos complicados. Respira. Al final darás con la persona adecuada, con el trabajo adecuado y con una vida que merezca la pena. Sólo tienes que morder un poco. Y equivocarte, equivocarte muchísimo. Acabarás por dar en el blanco con la estrategia que parecía más absurda. Da igual lo que digan o dónde haya colocado los límites la señora Responsabilidad. Ponte tú los tuyos. Y que estén bien altos. Por encima del umbral de la estupidez. Que te digan que eres un soñador o, mejor aún, un iluso. Busca el lado bueno de las cosas, el silver lining que tiene cada nube. Y si el rumbo del barco no te gusta, cámbialo. No te dejes nada y no te pierdas en teorías del todo. Aparta a las personas que hacen daño, aunque se te escape alguna lágrima entre despedidas. Tropieza mil veces y acaba con la que esté más loca, con la más complicada, con la que no tenga sangre de horchata. Acaba con la persona que te abra la puerta y te coma la boca antes incluso de poder asimilar la estupidez que acabas de cometer.

Pierde tu maldita brújula y encuentra el norte.

Hoy ponte el despertador diez minutos antes. Quédate en la cama y piensa que lo único que separa este día de uno completamente diferente no es ella, ni él, ni siquiera el calendario. Eres tú. Bueno… tu estupidez.

Busca tu propio camino para ser feliz. Encuentra el lado bueno de las cosas.

Elige a la persona equivocada.

Elige cómo quieres vivir y muere por conseguirlo.

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