IRIDISCENTE

La iridiscencia es un fenómeno óptico donde el tono de la luz varía de acuerdo al ángulo desde el que se observa una superficie, como en las manchas de aceite, las burbujas de jabón o las alas de una mariposa.

Fuiste iridiscente.

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No fue amor. Fue efervescencia. Quisimos querernos pero nos deshacíamos en moléculas infinitesimales y nos evaporábamos como las horas de la noche en que nos conocimos. Ojalá hubiera guardado el ibuprofeno que me diste para cuando llegara este día. Y es que en los últimos meses he agotado todas mis reservas. Planificar finales nunca se nos dio bien. Siempre odié tus imposibles. Siempre odiaste mis improbables.

Pero fuiste atrevida, fui valiente, fuimos lejos. Me arriesgué a pesar de ese tatuaje en tu frente de un color que no pega con nadie. Empezamos a volar sin cinturón de seguridad, sin miedo a estrellarnos, sin ataduras. Como pilotos suicidas subimos hasta que nos sobraron dudas y nos faltó oxígeno, el mismo que le falta ahora al agua con la que queremos desinfectarnos las heridas. Me lo dijiste. Me advertiste que no te encontrabas ni tú, que contigo no servían los calendarios, que nadie podía robarte tus ganas de estar sola, que no dirías Polo cuando yo gritara Marco. El problema es que yo soy de los que conducen por el carril de la izquierda y utilizan el hemisferio derecho del cerebro. No te escuché.

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Aun así fue divertido cortarse con tus labios cortados por el frío. Fue divertido cuando uno arrancaba un “Te…” tembloroso y, antes de seguir, el otro ya estaba sirviéndole el limón y poniéndole la sal en la mano. Porque las mejores borracheras eran contigo, a las cinco de la tarde y a chupitos. Sintiendo cómo escocía la indiferencia en nuestra garganta, cómo nos picaba la curiosidad, el gusanillo, el mosquito que nunca hubo en la habitación pero que nos quitaba el sueño hasta que nos lo devolvía el amanecer.

Fuiste incandescente. Y me gustaba leerte a la luz de tus ojos, aunque me quemara. Aunque nunca consiguiera adivinar lo que buscabas en el fondo del tazón de Colacao cada mañana. Me hubiera gustado leer lo que no tenías el valor de escribir. U oír las frases que formabas en tu cabeza con las palabras que me quitabas de la boca. Aposté por tu farol y me quedé sin fichas.

Ardimos. Pero éramos aire, no fuego. Éramos un nueve y un diez, y nos quedamos en proyecto de escalera. Ojalá hubiéramos sido una pareja de algo, de lo que fuera. No sé. Pudimos ser futuro y nos quedamos en pretérito imperfecto. Estábamos locos y sólo nos faltaba ser felices. Lástima que nos robaran las perdices al final del cuento de las mil y una noches. Perdimos el norte. Está claro. Y tampoco supimos volver al sur.

Al final, no fuimos más que un par de ilusos con fobia al sueño. Fuimos una noche estrellada en el arcén de la autovía. Fuimos uno. Pero nos cambiaron la hora y a las tres fuimos dos. Fuiste iridiscente. Como el reflejo de los hielos en tu vaso de cristal. Fuiste el antibiótico en mi quinta copa. Fuiste la chica de ayer, no la de mañana. La brisa afilada de las madrugadas de enero, la escarcha de los parabrisas en Madrid, las sombras que bailan en la pared las noches de tormenta. Fuiste aire y yo viento.

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Y no. Nunca te prometí la Luna, pero hubiera puesto patas arriba la gravedad si te hubiera visto perder el equilibrio. La misma gravedad que nos aplasta y que es capaz de atraer dos objetos hasta hacerlos colisionar. Pero ahora no quiero más choques. No quiero impactos, ni chispazos, ni ese calambrazo que sentíamos cuando te colabas en mi cama cargada positivamente y terminabas por arrebatarme la negatividad. Ahora tendremos que conformarnos con ese escalofrío, con jugar a las cartas sin jugarnos la ropa, con vernos el sábado por la noche en un bar sin apostarnos nuestra amistad en el casino de quién besará primero. Ahora, tendremos que conformarnos con estas palabras que son las últimas que mi teclado te escribe. Nos conformaremos, en definitiva, con este adiós disfrazado de hasta luego.

Porque a veces, sólo a veces, es mejor que las mil noches acaben ahí. Y que la que falta no sea más que el recuerdo de la iridiscencia de una simple pompa de jabón que, balanceada por la brisa de los primeros días de abril, estalla, liberando ese último destello. El que nos cegó.

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