LA CHICA DEL METRO

Hoy escribo sobre ti. Sobre las alternativas que pasaste por alto. Sobre todas aquellas oportunidades que perdiste por no ir a buscarlas. Porque te pusiste de rebajas y lo que más tardaste en vender fueron las decisiones que hoy te pasan factura. Que lo único que te ahorraste fueron las elecciones autonómicas. Nada más. Que elegiste elegir lo justo. Nada más. Te quedaste sin razones, sin ganas, sin prisa. Nada menos.

Hoy también escribo por ella. Por la chica que entró en el metro una parada después y se sentó enfrente de ti. Por aquellos ojos castaños y aquel pelo liso. Por su piel clara, sus deportivas salpicadas de rotulador y esa pulsera a des-juego en su muñeca derecha. Hoy escribo por su nombre, el que tan solo imaginabas en tu cabeza y no te atrevías a preguntar.

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Hoy escribo por los momentos que no viviste. Por las balas que siguen en la recámara. Por la carta que aún guardas en tu caja de recuerdos y el texto en las notas del móvil que revisas las noches de insomnio. Hoy escribo por el botón de “enviar” que no tuviste el valor de pulsar. Por ese calendario que te recuerda los aniversarios que ya no celebras. Por el mes de mayo que te pasaste pensando en cómo corregirías en junio los errores que cometiste en abril.

Hoy también escribo por ella. Por la chica del metro que se colocó el pelo detrás de la oreja mientras sonreía sin necesidad de mirar su teléfono. Por su respiración temblorosa y sus gestos tímidos. Por las otras veintiocho personas que había en el vagón y no existían en tu cabeza.

Hoy escribo por la cerveza que te dejaste a medias en aquel bar, por el viaje que todavía está en tu lista de cosas pendientes, por ese billete de avión que salía tan barato y, al final, compró otro.

Hoy escribo por la vez que no saltaste desde aquella roca en la que rompían las olas. Por el abrazo que no supiste dar a ese amigo que se derrumbaba delante de ti. Por aquella despedida en la que tampoco supiste decir “No te vayas”.

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Hoy también escribo por ella. Por la chica del metro que te miró y agachaste la mirada. Por las mil veces que te imaginaste preguntándole cualquier estupidez. Por las mil veces que contaste las paradas que faltaban hasta llegar a la tuya. Por todas las malditas veces que te preguntaste cómo sonaría su voz, qué estudiaría, por qué parte de Madrid saldría esa noche.

Hoy escribo porque te rendiste a la distancia. O se rindió ella, qué más da.

Hoy escribo por todas las aventuras que el miedo te aconsejó no empezar. Por la tarde de lluvia en la que cancelaste ese plan de tomar café algún día. Por aquél que te dijo eso de mejor arrepentirse de tomar una mala decisión que arrepentirse de no tomar ninguna.

Hoy escribo por el tiempo que no supiste emplear en conocerte mejor, por la falta de confianza en ti mismo, por las ocasiones en las que no supiste perdonar y las muchas más que te faltó pedir perdón, por esa idea brillante que surgió en tu cabeza y dejaste morir sobre el papel.

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Pero hoy también escribo por ella. Por la chica del metro que se levantó una parada y media antes de la tuya y se quedó de pie junto a la puerta, pegada a ti. Porque no hacía falta que te agarraras a esa barra de hierro amarilla para no perder el equilibrio. ¡Que ibas sentado, joder! Como tampoco hacía falta que ella se agarrara tan cerca de tu mano. Pero lo hizo. Y ambos sentisteis que se os erizó la piel cuando os rozasteis tan solo un instante.

Hoy escribo por todos esos instantes. Por las causalidades que achacaste a la casualidad, por todos aquellos partidos en que pediste ser sustituido un minuto antes de que comenzara la tanda de penaltis. Hoy escribo por ti. Por las veces que has intentado ser otra persona y las que no conseguiste ser tú. Por las palabras que no dijiste a tus padres y sabías que necesitaban escuchar. Porque pasó el tiempo y no le prestaste atención. Que empezaste a contar los días sólo tras recordar lo difícil que resulta olvidar. Y, cuando quisiste darte cuenta, tu cuenta estaba a cero. Porque te faltó valor. Porque seguiste ardiendo cuando no quedaban más que brasas. Porque callaste. Porque no supiste decir nada. Como tampoco sabrías decir qué te hizo coger el metro aquel día en lugar de tomar el autobús.

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Hoy escribo por ella. Por la chica del metro que se bajó en la parada. La que seguiste con la mirada mientras se alejaba. Hoy escribo porque, al final, ella se giró hacia ti y, mientras las puertas se cerraban, te susurró su nombre.

Pero nunca llegaste a oírlo.

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