INCONSTITUCIONAL

No sabemos dónde está nuestro hogar. Pero ya no está en casa de nuestros padres. Ni está en la ciudad donde nos fuimos de Erasmus. Tampoco en la universidad, donde crecimos a base de promesas de futuro, quintos de cerveza los jueves y la única obligación de aprobar un examen que nos acercara a un papel con la palabra Titulado.

¿Y ahora qué?

Ahora toca encontrar un trabajo que no es como nos vendían en la carrera. Toca reponer estanterías, servir cafés y redactar actas de reuniones. Toca aprender todo lo que, por lo visto, no nos enseñaron. Toca convertir las becas en becarios, las camisetas en camisas y las fotos en fotocopias. Toca cambiar nuestra vida de forma radical. Toca jurar la Constitución. Aunque nadie nos haya pedido nuestra opinión al respecto. Las cosas funcionan así. Los años pasan y tenemos que elegir formar parte de todo o no hacerlo. Bueno, en realidad no se trata de una elección.

Nos empezamos a creer adultos porque empezamos a creernos libres. Porque podemos prever por dónde saldremos esta noche pero no en qué cama nos despertaremos. Porque podemos brindar por una marea de proyectos de fin de semana que nos arrastrarán irremediablemente a la resaca del domingo por la noche. Nos vale cualquier plan con música, buena compañía y algo de graduación. Nos vale que luego nos exploten por seiscientos euros. Nos vale con un diminuto estudio en el centro. Que tenga techo para tragárnoslo de madrugada y microondas para calentar la pizza fría del sábado.

Nos vale la independencia como única aspiración. Nos vale enamorarnos si eso cambia nuestro estado de Facebook, pero no si tenemos que cambiar nosotros. Nos valen los spoilers pero sólo en nuestras relaciones. Las que siempre sabemos cómo terminan. Porque somos lo suficientemente mayores para saber lo que no nos gusta. Pero no lo suficiente para saber lo que sí. Estamos entre dos etapas y un proceso: el de adaptarnos a las normas que nos han ido inculcando desde pequeños. El de adaptarnos a la rutina, a las semanas de cinco días, al gimnasio de los martes y a la paga extra de julio.

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La responsabilidad es una cadena que nos ponemos a cambio de un gintonic bien preparado en alguna terraza. A cambio de un viaje a la playa en agosto y un número par de billetes de avión. Porque ahora, siempre volvemos. Ahora, las idas sin venidas no encajan con nuestra agenda repleta de compromisos. Los planes locos los diseñamos con cabeza. Los de manta y peli pueden comenzar a tener, de vez en cuando, algún hueco un viernes por la noche.

Hay que darle la vuelta a algunos conceptos. Los litros de cerveza los iremos cambiando por jarras de agua fría. Los botellones en la calle dejarán paso a las bodas y, las bodas, a los bautizos. Es entonces cuando nos daremos cuenta de que, de repente, sí podemos encajar con alguien. Que ya no somos tan inestables, que el físico importa menos, que la vida, mejor en compañía. Solemos conocer a nuestra media naranja cuando se acercan los treinta y pocos. Antes, todo son rodajas de limón y sal para acompañar los vasos de chupito. Luego los te quiero empiezan a entrar mejor que el tequila porque, con la edad, la soledad rasca más en la garganta.

Lo que pasa es que aún quedan años para eso. Somos piezas desgastadas que ya no encajan en un puzle sencillo. Y tenemos que esperar hasta limarnos un poco y empezar a acoplarnos a uno de los que cuesta resolver. Mientras tanto, estamos Lost in Translation. Estamos en la etapa de mirar la lluvia a través del cristal. Porque no nos apetece salir a mojarnos ni quedarnos tampoco viendo Tele 5, ignorando todo lo que hay de más y sin echar de menos lo que algún día se quedó por el camino. Estamos perdidos sin brújula, sin hogar, sin coche, sin mucho que perder.

Lo mejor de todo, es que no tenemos por qué decidir nada. Porque elegirán por casi todos nosotros. Madurar ya tiene su Constitución. La de los veintitantos. Con sus artículos sobre la pareja, la familia y el trabajo. Su reforma sobre las bodas y los bautizos. Sobre el futuro, la rutina, lo que está permitido ser y no ser, sobre lo que es talento y es locura, sobre lo que es útil y es una pérdida de tiempo. Sobre la manera en la que tenemos que crecer y tomar nuestras decisiones.

Rompamos con eso.

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No maduremos conforme a reglas. No nos hagamos mayores de forma condicionada. Que no haya una edad para dejar de perder la cabeza por alguien. Que siempre podamos perder los papeles, el norte, los dientes, el avión. Que la responsabilidad no nos haga prisioneros de ningún trabajo.

Seamos auténticos, impulsivos, desobedientes. Que adaptarnos no signifique absorberlo todo. Que madurar sea comprender las cosas por nosotros mismos. Que no nos impongan un modelo de crecimiento. Seamos lo que de verdad queremos ser. No seamos nuestros padres. No compartamos los sueños que no tenemos cuando dormimos.

Seamos, en definitiva, inconstitucionales.

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