SEPTIEMBRE

Me gustabas. Te lo digo enserio. Incluso con los calcetines puestos. Sé que siempre decía lo contrario, pero me gustabas, te lo juro. ¿Por qué mentía? No sé. Creo que intentaba hacerme el duro. Me obligaba a no responderte a los whatsapps para hacerte creer que, esta vez, lo del tío pasota no era un farol. Lo que pasa es que luego me entran las prisas y acabo enseñándote otra vez mis ganas de tener una pareja, aunque tú seas un siete de corazones y yo un dos de septiembre.

Seamos sinceros. Nunca llegué a ser más que un comodín. Así que me quedo por donde empezamos, cuando ninguno de los dos teníamos taras, ni miedos, ni orgullo. Me quedo cuando sólo nos teníamos el uno al otro, cuando escribía textos para mí y tú me robabas las frases que quisiste hacer tuyas. Tendría que haber escogido un régimen de separación de palabras. Te has quedado con todas las vocales y me has dejado sólo con la o. Pero tranquila, que yo no lloro.

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Lo bueno es que ahora ya podré escuchar ese te lo dije que tantas ganas tiene de salir. Aunque la mejor parte se la guardo a mis amigos, la que contiene las promesas de que yo nunca, nunca, volveré a jugar a tus juegos de beber. Pero no te enfades. En realidad eso es lo que les digo a ellos. Sabes que el idiota que habita dentro de mí te volverá a llamar más de noche que tarde. Da igual que les prometa aquí y ahora que esta vez no es un farol, porque puedes ver mis cartas reflejadas en mis gafas de sol. Enseña tu segundo rey, adelante. Con mi dos y mi ocho apenas me llega para publicar un texto que llame un poco tu atención.

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Dices que a la primera va la vencida. Deberías haberme dicho también que donde caben dos, caben tres. Porque por tu culpa siempre le busco cinco pies al gato y cuatro funerales a cada una de mis bodas. Vale. Ya paro. Al final voy a tener escalera. Prometo dejar de jugar con las palabras si prometes no dejar de hacerlo conmigo. Sabes que no tengo el valor de marcharme. No te escogí aposta. Apostar por ti fue un error. Yo quería a la que tenía cara de buena, la que me miraba con ojitos al beber de su copa, la que me dijo, nada más conocerla, que iba a robarme el ordenador para que dejara de escribir gilipolleces en mi blog. Los pantalones no estaban en el trato.

Me gustabas. Pero me equivoqué. Una vez más. Y te echo de menos. Echo de menos tu necesidad de saberlo todo, tus cuchillos afilados como labios, mi sarcasmo, tus piernas. Pero, sobre todo, echo de menos cuando te enfadabas sin razón, sin excusas y sin polvo de reconciliación. Echo de menos tus desapariciones de repente, tu forma de dejar mi mensaje en el cajón de los ticks de color azul. Me acostumbré a escribirte en caliente y a leerte en frío. Ahora mi almohada está helada y no me queda otra que agarrarme a algún clavo ardiendo.

A veces no estoy seguro de estar hechos el uno para el otro. Me has roto tantas veces que ya no consigo pegar mis pedazos ni con whisky. Creo que, en algún momento, me tocará colarme en otra fiesta. Te llamaré un día de estos y nos cruzaremos por casualidad a los pies de tu cama. Más vale tarde que siempre. Ese día jugaremos nuestra última partida de póker. Si ganas, yo pago la cena, las fresas y volvemos a empezar. Si gano, recupero el ordenador, ponemos un final a nuestra historia y me dejas publicar este texto en el blog. Ambos sabemos que tengo las de perder.

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