PECES DE COLORES

Lo único que cuenta es el tiempo. Me paraliza pensar que todas y cada una de las personas que conozco sucumbirán ante él, igual que yo. Nuestros pensamientos se desvanecerán, así como nuestras ideas, nuestras percepciones sobre la realidad y todo cuanto hemos amado. Nadie sufre ni es feliz para siempre. “Siempre” es una palabra que utilizamos para olvidarnos de lo breve que resulta nuestra existencia. No te querré siempre. Te querré unos años. Luego moriré y mi amor se disolverá junto a mis cenizas arrojadas al viento.

Los lugares que amo permanecerán. Pero no mi visión de ellos. Serán antiguos y nuevos cada vez. Su significado cambiará con el paso de las generaciones. Irán consumiéndose en millones de realidades humanas mientras su estructura inanimada que realmente les caracteriza, su ausencia de todo juicio, valor o percepción de belleza, permanecerá.

El mal que hagamos se olvidará. Y también lo bueno. Quizás no nuestros hijos, pero sí los hijos de ellos. Las acciones se diluyen en el tiempo como la sustancia más pequeña en el agua y son arrastradas por la corriente de los años. No existe una lucha entre el bien y el mal por dominar el orden universal. Son conceptos que no residen en la naturaleza. Las leyes de la física no suscriben ninguna moral, ninguna ética. El eje del tiempo avanza sin detenerse; sin juicios, ni recompensas, ni castigos, disolviendo cualquier acción a su paso.

Estas palabras se diluirán de igual manera en la nube y nadie podrá encontrarlas ni leerlas, ni averiguar sobre el que las escribió. No tendrán significado alguno. Porque el significado se lo damos nosotros, los seres fugaces que aparecemos un instante, con nuestras ideas y nuestras aspiraciones, y luego nos desvanecemos sin más, dejando recuerdos que se anquilosan imperceptiblemente, como el polvo que cubre los muebles de una habitación cerrada.

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El espacio también es inmensurable en su totalidad, sus confines sólo se delimitan por el hecho de que no han pasado suficientes años desde la creación del universo como para que la luz que emite lo que hay más allá llegue hasta nosotros. Se trata de una variable unida al tiempo hasta límites que escapan a nuestra comprensión y contribuye de igual manera a definir nuestra nimiedad. Estamos atrapados en un punto sin dimensiones del cosmos. Probablemente nunca pisemos un planeta fuera de nuestro sistema solar y el conocimiento de nuestra existencia como especie no llegará siquiera a las fronteras de la diminuta Vía Láctea. El agotamiento de los recursos acaso significará el fin de los seres humanos. Existen más de cincuenta mil millones de planetas habitables en nuestra galaxia y todavía no se ha descubierto o sintetizado elemento alguno que nos permita recorrer las lejanas e inconcebibles distancias que nos separan. Ante el fin de nuestro planeta, el cúmulo de pensamientos de la humanidad, incluyendo las ideas más brillantes, vagaran sin rumbo en un pequeño satélite hacia un espacio imposible de recorrer, atrapado entre los ejes infinitos del continuo espacio-tiempo.

O quizás algún día venzamos a estas dos eternas variables, las dominemos como hemos hecho con todo lo que conforma la insignificante esfera terrestre. Pero no será durante mi vida, en la que escribo estas palabras. No hay manera de que alguien lea esto en cien años y su autor todavía viva para poder rebatirle. No es posible. ¿Y qué importa el futuro que hay más allá si eso queda fuera de nuestra realidad y de nuestra existencia, la única que vamos a tener? Mis moléculas se unieron hace veintisiete años y, desde entonces, se fijó una fecha de caducidad, se me otorgó una taquilla en el espacio y el tiempo y se me retirará en unos años. Por muchas buenas acciones que haga, por mucho que suplique, por mucho que me proponga comer sano, hacer ejercicio, no tomar riesgos. Igual les pasará a todas y cada una de las personas que amo. Sólo existirán una vez. Tienen su taquilla junto a la mía. Se ha producido la inmensa casualidad de la coexistencia. Después, llegará la implacable sentencia de la nada.

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Entonces, ¿Cuál es el significado de la vida? ¿Qué hacer con nuestro tiempo concedido? El final conocido arrastra la amargura hacia el resto de aspectos de nuestra realidad. Asumir lo insignificante de nuestro mundo y lo mortal de todo cuanto somos es, sin duda, el mayor dolor al que debemos entregarnos. Conscientes de nuestra propia existencia sobrellevamos la angustia de la conciencia también de nuestro final.

Pero no podemos cambiarlo. Por eso nos distraemos, nos olvidamos, no pensamos en ello. Adaptamos la percepción para que nuestro tiempo concedido nos parezca mucho más largo de lo que necesitamos, para que las distancias puedan recorrerse. Creemos en la inmortalidad a través de la religión, del lenguaje, de los hijos. Sobre todo, confiamos en la inmortalidad a través de nuestros actos. Pensamos que podemos dar sentido a nuestra vida a través de nuestros ideales, de nuestras luchas, del amor. Pero no se trata de buscar un sentido. Cualquiera desearía poder morir por amor. Como si hubiera valor en la nobleza del sacrificio. La nobleza también se evapora. Tampoco significa nada en el universo. No hay forma alguna de dar significado a nuestras vidas. Simplemente no lo tienen. No merece la pena emplear la vida en intentar dárselo. Nuestra materia nunca trascenderá a las leyes del cosmos. Hemos llegado al mundo por casualidad, no porque nadie nos quisiera aquí. No hay ningún interés especial en ninguno de nosotros. No hay sentido, justificación o significado como no hay ninguna inmortalidad real posible. No debe ser la trascendencia la que impulse nuestros actos.

Otros dirán que somos energía y que la energía no se destruye. Que tras la vida, quedará esa energía y ésta será una acumulación positiva o negativa a la energía global del mundo. Absurdo. ¿Qué vale la energía si no contiene pensamiento alguno? ¿Cómo puede conformarnos algo etéreo e inconsciente de sí mismo? Nuestra vida nunca ha sido así. Porque nosotros no somos nuestras moléculas, nuestras células o nuestros elementos. Nosotros somos nuestros pensamientos, percepciones e ideas. Eso es lo que nos define como especie, la conciencia sobre nosotros mismos.

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En una primera conjunción de ideas, el razonamiento anterior me lleva a pensar que nuestra sensibilidad es lo único que importa realmente y es a lo que deberíamos aferrarnos. Podemos percibir belleza en el mundo, en las personas, en las acciones. Y esta belleza nos causa un enorme placer. Nos hace felices. Durante un tiempo limitado. Pero felices. Es por eso que deberíamos actuar para nosotros. Para que nuestra breve existencia tenga los mayores momentos de felicidad posibles. La inmensidad de la escala universal que conlleva nuestra nimiedad y la ausencia de valor en las acciones me conducen a pensar que debemos ser egoístas. Hacer buenas acciones si realmente esto nos hace felices, no por la voluntad inconsciente de dar significado al universo. El materialismo de nuestra existencia implica que hay que quedarse con los sentidos, con las sensaciones, con las reacciones químicas que se producen en nuestro organismo y producen la felicidad. Hay que fomentar la búsqueda de la belleza, del amor, así como explorar todas las sensaciones que es capaz de generar nuestro organismo. Buscar estos ideales, no por su significado, sino por sus efectos. Enamorarse hasta los huesos, sufrir escalofríos de terror, llorar con una película, reír con un amigo, comer hasta reventar, dormir hasta mediodía, probar drogas, bailar, exaltarse, correr, sudar, mojarse, morir de placer, sentir placer en los pequeños matices de la vida.

Sobre todo habría que vivir el presente. De nada sirve devorarse por lo que sucedió o todavía no ha sucedido, huir de la depresión que nos produce vivir en nuestros errores pasados para terminar viviendo en la ansiedad del futuro que no llega. No merece la pena dejarse atrapar en las trivialidades de la cotidianidad ni enloquecer en la búsqueda de las más arduas respuestas. La mejor estrategia es tan simple como buscar las emociones que nos producen alegría, que nos vuelven locos, reduciendo las que nos producen tristeza o las que nos incitan a prescindir del instante de existencia que se nos ha concedido. Renunciando a los miedos que nos limitan los sentidos. Porque sentir es lo único real que tenemos.

Se trata esta de una visión individual y materialista de la vida que consiste en disfrutar de haber tenido la oportunidad de tener una taquilla al menos, de coexistir con las personas que tienen la suya junto a la nuestra; luchar por acumular sensaciones, pasiones, por encontrar la belleza natural de las cosas, asumiendo la caducidad de todo cuanto nos rodea, el insignificante punto de vida que somos en el eterno universo del tiempo.

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Sin embargo, hay varios límites a este razonamiento que merecen ser incluidos en este simplificado laberinto de ideas. Cualquier análisis posterior discurrirá irremediablemente entre una serie de surcos y reflexiones que una asunción egoísta de estas dimensiones debería cuestionarse al menos.

Uno de los más evidentes es la escala. La nimiedad surge debido a ello. La escala del espacio y el tiempo mencionada es la más amplia posible, la que abarca todo. Por supuesto, cada una de nuestras decisiones, de nuestras acciones y de nuestros juicios de valor sí tienen impacto en las dimensiones de nuestro planeta y en un número razonable de generaciones. Esto proporcionaría cierto significado a nuestra vida, en el sentido en el que sí podemos impactar en el espacio y en el tiempo a pequeña escala. Y no hay ninguna razón para no relativizar, para no moldear la realidad a nuestras dimensiones. Igual que subjetivamos la percepción de los colores y de las formas y nunca podremos percibir su esencia absoluta, también podemos subjetivar el tamaño del espacio y el tiempo, ya que aunque podemos entender su esencia, nunca podemos llegar a percibirla.

Siete peces de colores nunca podrán interferir siquiera mínimamente en el ecosistema del océano. Pero ¿Hasta qué punto esto importa si nunca van a salir de su pecera? Los cambios dentro de ella; la calidad del agua, el funcionamiento de la depuradora, la alimentación periódica, ¿No es toda la realidad que debe importarles? ¿Y si uno de estos siete peces, el más dotado y veloz, empleando todas sus cualidades e incluso renunciando a su ración de alimento, ayudara a los más pequeños a sobrevivir? ¿No es menos cierto que constituiría una acción sin significado alguno en el océano pero con trascendencia vital dentro de la pecera? ¿Morirá engañado el pez que mediante su sacrificio diario malgasta su única porción de existencia propia en salvar una porción de vida ajena inapreciable?

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Una parte de mí indudablemente piensa que el heroico pez de colores morirá engañado. Que su renuncia a la plena libertad e individualismo de una vida que no volverá a disponer durante el resto de la eternidad carece de significado alguno en el océano, pues la salvación de unos pocos peces en una diminuta pecera se trata de un gesto irrisorio e insignificante. Porque la percepción más pura de las cosas, y que debería aplicarse en la medida de lo posible, es la que permite a las leyes de la física ser tal cual son; vastas, imperecederas e incuestionables en cuanto a la materia, aunque muchas continúen todavía ocultas al saber humano. Cada uno de nosotros tiene su idea del espacio y el tiempo. Pero estas variables existen de algún modo fuera de nosotros, no siendo meras formas de sensibilidad. Y la medición correcta de estas variables debería ser aquella acorde a su propio tamaño. En un universo con una historia de más de trece mil quinientos millones de años nuestras acciones resultan inapreciables. Nuestra existencia apenas abarca un instante. Deberíamos asumir la relatividad en las variables que no podemos atisbar de ningún modo; pero asumirla en las variables que sí podemos es, en cierta manera, engañarnos sobre el concepto de realidad o renunciar a una parte de ella.

Y aun así, ¿Por qué otra parte de mí no puede evitar pensar que existe una coherencia abrumadora en el esfuerzo del pez? De la misma forma me pregunto ¿Por qué no ejecutaría a mil desconocidos al azar sin consecuencia legal alguna a cambio de un millón de euros? Un claro sentimiento de humanidad me conduce hacia esta idea. Inevitablemente tenemos preferencia por las buenas acciones sobre las malas a pesar de la intrascendencia absoluta tanto de unas como de otras. ¿Por qué nos sentimos más cerca de la felicidad ayudando a alguien necesitado que acumulando ese dinero para un viaje que nos abra todos los poros de nuestro cuerpo a nuevas sensaciones, sentimientos y a una belleza asombrosa? ¿Se trata de una predisposición aprendida? ¿De una moral cristiana? ¿Es un lavado de cerebro que nos hacen desde que somos pequeños? ¿O hay algo más?

Ciertamente no todos gozamos de las mismas oportunidades para perseguir, encontrar y disfrutar de la belleza y de las sensaciones que nos inundan el alma y producen hormigueos en nuestro cuerpo, acercándonos a la felicidad. Mi realidad es la más valiosa porque es la que habita dentro de mí. Mi taquilla y la de las personas a las que amo no puedo evitar desearlas con más fuerza que las del resto. Pero eso no significa negar la existencia del resto de seres humanos. Para ellos su realidad es tan importante como para mí la mía. También buscan ese ideal de felicidad, partiendo de las oportunidades que les ha proporcionado el azar o el determinismo. Y muchos están lejos de ser dueños de su propia búsqueda. Su existencia está atrapada junto a la mía en el mismo eje del espacio y el tiempo. También tendrán una taquilla durante unos años. También la perderán y se convertirán en polvo igual que yo. También se les concederá un infinitesimal trozo de existencia, si bien no las mismas oportunidades que las mías para comprenderla y aprovecharla.

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He de ahí que surge ese injustificable sentimiento de humanidad. Injustificable porque, al igual que el sentimiento de nobleza que subyace al sacrificio por amor, no tiene valor en el eje del tiempo. Es una condición que tenemos y que acaso nos ha inyectado la naturaleza en nuestra creación. Quizás sea una herencia del instinto de supervivencia como especie. Desconozco sus orígenes. Pero es indudable su imperceptible presencia, su influencia sobre nosotros como los sueños influyen sobre la vigilia. Y esa influencia nos lleva al deseo de ayudar y a saber que eso tiene un valor más allá de las dimensiones físicas y alejado tanto de las creencias espirituales como del materialismo radical. Y es en este mundo de irrealidades donde reside el sentimiento de humanidad, un mundo del que no podemos determinar con precisión su importancia debido a su existencia meramente conceptual, idealista y sustentada en la mera fe. Es en este mundo donde tal vez quepan también otros conceptos que viven dentro de nosotros, entre ellos, el sacrificio de un insignificante pez de colores, ese esfuerzo altruista en aras de hacer mejor la vida de otros; a la vez inútil y a la vez valioso, a la vez fugaz y a la vez atemporal y eterno.

 

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