Perderse

   No estoy en ninguna parte. Miro a mi alrededor y tan solo hay un par de árboles viejos y torcidos. El resto del paisaje es un vago boceto donde se dibujan hierbas altas y descuidadas y matorrales secos de un color que intenta asemejarse al verde. Pero lo que más capta mi atención es el cielo. Las nubes forman un manto espeso y continuo que cubre el débil intento del sol por aparecer. No hay colores de ningún tipo. Sólo un azul grisáceo y oscuro que va aclarándose muy poco a poco. Y hace frío. Gira en el aire la afilada brisa de las madrugadas de septiembre. Esa brisa que hiela la respiración y la convierte en un vapor acartonado que recuerda al humo de las fábricas de la ciudad, la cual comienza a despertar, allá, a lo lejos.

   No tengo idea de cómo hemos ido a parar a este paisaje tan triste y desolador. Tan vacío y cubierto de ceniza. No creo que alguien haya caminado por estos prados desde hace meses, por este terreno casi pantanoso que me recuerda a los rincones más oscuros de las llanuras aluviales que yacen al sur de la provincia. Es un lugar perdido que tan sólo sirve para que los pasajeros del Cercanías sientan un ligero abandono cuando van a trabajar. Una nostalgia gélida y profunda que les haga recordar lo insignificantes que son sus vidas.

   Sonrío al pensar en ellos, al pensar en los trajes que se ponen a las seis y media de la mañana mientras piensan en el salario, en el alquiler del piso y en el informe que deberán entregar esta mañana al jefe. Sonrío porque creen que han llegado a alguna parte, o que el tren en el que viajan les conduce a algún destino. O tal vez lo que me hace gracia es la cara que imagino que pondrán cuando me vean desde la ventanilla. A las siete y veintiocho de la mañana. Sin cartera. Sin trabajo. Sin un coche que mantener. Pero con algo infinitamente más valioso.

   Quizás sonrío por eso, porque mientras todas estas ideas brotan en mi cabeza ella está detrás de mí, cruzando los brazos alrededor de mis hombros y haciéndome notar su respiración en el cuello. Y siento que no hay absolutamente nada fuera de la circunferencia imaginaria que nos envuelve. Es extraño estar en un lugar tan vacío y no sentir el menor resquicio de soledad.

   Me doy la vuelta y la miro de los pies a la cabeza. Desde sus zapatillas deportivas de cuadros azules salpicadas de rotulador, a su larga melena negra y sus ojos verdes, enormes, repletos de vida. La agarro por la cintura y noto esa curvatura trazada a la perfección, siento el tramo descubierto entre su camiseta color turquesa y sus vaqueros ligeramente desgastados. Puedo acariciar sus lunares, y sentir las diminutas grietas de sus labios. Puedo sentir la corriente de aire que genera el movimiento de sus pestañas al parpadear y su corazón bombeando sangre a cada célula de toda ella. Puedo sentir las moléculas de OH enlazadas con las de carbono en su estómago. Siento tal profundidad en su mirada que podría llenar hasta la zanja más sombría de este sórdido páramo estéril. Su presencia transforma el espacio que ocupo en algo difuso, como si se acelerara una canción hasta perder la noción de la letra, el sentido del ritmo y la propia esencia de la música.

   Ella decide romper el silencio. Sonríe antes de tragar saliva sin dejar de mirarme a los ojos:

   —No recuerdo cómo hemos terminado aquí.

   —Creo que la noche empezó hace ya mucho tiempo— le respondo en un tono nostálgico. Ella vuelve a sonreír tímidamente y mi respiración comienza a acelerarse.

   A continuación, avanza unos centímetros hasta situarse justo delante de mí y vuelvo a sentir una vez más el roce de sus labios con los míos. Al mismo tiempo pasa su mano por mi pelo con suavidad mientras yo coloco las mías en sus caderas. Me niego a cerrar los ojos. No quisiera olvidar ningún detalle por insignificante que sea. Ella, sin embargo, deja que sean el resto de sentidos los que la guíen de manera incierta, alargando aquel beso infinito y convirtiendo los segundos en diminutos destellos de armonía, como el flash de una cámara fotografiando los relámpagos en una tormenta estival.

   Pasados unos instantes, separa sus labios de los míos con delicadeza y, en ese momento, parece que comienza a amanecer por fin en aquella solitaria llanura. Me doy cuenta porque un extraño resplandor púrpura se difumina en la mitad derecha de su rostro.

   —¿Sabes qué es lo más extraño?— Me pregunta a una distancia tan reducida que me permite saborear la totalidad del aroma de su aliento.

   Niego con la cabeza sin decir nada y ella continúa:

   —Que siempre has sido mi mejor amigo y…— Hace una pequeña pausa buscando escoger las palabras más adecuadas. — Sin embargo… jamás he dejado de estar enamorada de ti. — Y agacha la cabeza mientras yo sonrío y me acerco aún más para arrimar mis palabras a su oído.

   —Recuerda que eras tú la que solía pensar que “siempre” y “jamás” son palabras que no pueden decirse.

   —Y tú el que decía que ser coherente era para personas con una vida aburrida.

   Los dos reímos, pero nuestras carcajadas comienzan a fusionarse con el remoto sonido del chapoteo de un tren sobre los raíles, acercándose por las vías situadas a unos cien metros de nosotros, en una elevación artificial de aquel terreno. Ella se da la vuelta para mirar en la misma dirección que yo. Es el Cercanías de las 7:40. El que va en dirección a San Sebastián de los Reyes. Se trata del primer atisbo de vidas ajenas que observamos desde que estamos allí.

   De pronto, empiezo a sentir cierta presión en el pecho que me agobia y me estremece. Como si el sonido del acero sobre los raíles me agujereara la piel con un punzón diminuto. Y, justo antes de que el tren cruce por delante de nosotros, hago que ella se gire con brusquedad y me mire nuevamente. Con voz algo más precipitada le digo:

   —Eres la única, Eva. No me hace falta nadie más.

   Se levanta viento y éste balancea con violencia su cabello negro y liso, agitando la arena y obligándola a cerrar los ojos. El Cercanías comienza su paso por el tramo más cercano en línea recta. Miro hacia él y distingo de forma difuminada, con dificultad, a varios pasajeros. Algunos van sentados y otros de pie. La mayoría dirigiéndose a sus lugares de trabajo. Noto en ese instante que la presencia de Eva se desvanece deprisa, pero no puedo, sin embargo, apartar la mirada del tren. Veo un grupo de estudiantes con sus mochilas camino a la universidad. Distingo personas de todas las edades viajando en silencio, como si cada una de ellas estuviera en un universo diferente al resto. Finalmente, en uno de los últimos vagones, entre todas esas personas que parecen maniquís, distingo a un chico joven apoyado contra el cristal de la ventanilla. De unos veintitrés años, vestido de traje, con una corbata morada vulgarmente anudada y la camisa ligeramente mal planchada. Muestra ojeras de insomnio y mantiene la mirada perdida exactamente hacia mi posición, con gesto ausente. La esencia de Eva desaparece de forma definitiva y tan solo me quedo con el sabor de su aliento en mi boca.

   Ese chico soy yo.

   Y no. No estoy con ella. Ni estoy en un páramo lúgubre y vacío, sin cartera, sin trabajo, sin coche, pero con algo infinitamente más valioso. Estoy en este detestable tren. Estoy aquí porque me he levantado a las seis y media de la mañana para ir a trabajar, estoy aquí porque estaba anudándome la corbata antes incluso del canto del primer Estornino. Y llevo la mayoría del viaje mirando por la ventanilla, perdido, soñoliento, imaginándome historias y escribiéndolas en mi memoria. Me entristece volver a la vigilia, darme cuenta de que en ese solitario páramo realmente no hay nada. Está total y absolutamente desierto.

   Intento olvidarme del paisaje y repasar la presentación que debo realizar hoy en la reunión de las nueve. Sin embargo, no consigo olvidarme de su aliento y me mente se aleja.

   Levanto la cabeza buscando la realidad y observo a la gente que hay a mi alrededor en el mismo vagón. Veo una chica enfrente de mí memorizando unos apuntes de la universidad. Parece una estudiante de matemáticas. Quizás tenga un futuro tan prometedor como el mío. Aunque no creo que esté enamorada. No como yo. También hay una pareja de ancianos agarrados de la mano. Con la mirada puesta en el pasado, manteniendo un gesto débil pero firme, convencido. Probablemente estén recordando aventuras de épocas en las que yo no había nacido.

   Hay otras muchas siluetas en el vagón pero, la que más llama mi atención, es la del hombre que está de pie, vestido con un chándal gris viejo y unas zapatillas tan desgastadas que casi parecen la continuación de su piel. Está pidiendo dinero a cada una de las personas que hay sentadas. Nadie le da una mísera moneda. Todos agachan la cabeza cuando pasa por su lado. Hacen como que no le ven, como si fuera invisible. Tan solo yo le observo fijamente, preocupado e inquieto. Vuelvo a sentir una presión en el pecho que se acrecienta cuando coloca su mirada sobre la mía. En ese instante, descubro que tenemos los mismos ojos, la misma cicatriz en el labio inferior. Descubro, en definitiva, que no soy más que un atisbo de mi propio recuerdo, de mi propio pasado anegado de ambición, ímpetu e ilusión.

   Descubro, abatido, que no soy nadie y no tengo nada. Que me arriesgué años atrás y tropecé con mis decisiones. Descubro cómo cambiaron mis prioridades y se perdió ese anhelo por la vida, por la pasión y por el concepto más profundo del amor orgiástico. Me entristezco por no saber si conseguiré cenar algo esta noche. Me lamento de no ser más que una sombra en este tren que tan solo es observada por su arrepentimiento. Todos los caminos conducen ahora a una lúgubre llanura, vacía y cubierta de ceniza. Me desgarra haberlo perdido todo. Haber perdido mi trabajo, mi hogar, mis esperanzas y mis sueños. Perdí todo salvo una única cosa que, después de tanto tiempo, aún perdura en lo más profundo de mi memoria. Y es que, en los últimos años de mi vida, lo único que soy capaz de llevar conmigo, como un castigo, como un fantasma cruel arrastrando cadenas, es el sabor de su aliento en mi boca.

 Finalista en los XIII premios provinciales de la Diputación de Alicante (2014).

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